La movilidad: un problema de política urbana

La movilidad ya no se limita al hecho de elegir el medio para desplazarse de un punto a otro. Se ha convertido en un desafío de vital importancia para el desarrollo de una nación y requiere una distribución más equitativa, así como grandes decisiones éticas en materia de política urbanística. No todo el mundo solicita un Uber para evitar el transporte público y casi nadie quiere convertirse en repartidores de comida a domicilio en bicicleta. Durante el foro Le Grand Paris bouge-t-il ? celebrado a principios de 2018, todas las partes involucradas en este concepto, que algunos empiezan a definir como un tema de discusión tan recurrente como irresoluble, ayudaron a transmitir el mensaje de que el empleo, la cultura y los espacios públicos forman parte del escenario del mismo modo que los recursos energéticos y la contaminación. Porque “la libertad de ir y venir” es una libertad fundamental del ciudadano, anterior a los derechos humanos, como recuerda Jacques Lévy, profesor de la Escuela Politécnica Federal de Lausana.

La presidenta y directora ejecutiva de la  RATP (Compañía Arrendataria Autónoma de los Transportes Parisinos), Catherine Guillouard, confirmó que “Las nuevas formas de movilidad pueden suponer un auténtico acelerador de la igualdad”.

Por ejemplo, la RATP invierte en startups como Citizen Mobility (concebida para personas con problemas de movilidad o dependientes) o Cityscoot (que fomenta el desarrollo del scooter eléctrico). ¿El automóvil individual que tanto hemos adorado a lo largo del siglo XX está en peligro de extinción?

¿Qué futuro para los vehículos?

Las estadísticas son muy desalentadoras, ya que un automóvil solo circula el 2,7% de su vida útil (teniendo en cuenta los atascos y el tiempo que permanece aparcado). De ahí que un 40% de los jóvenes comprendidos entre los 18 y los 35 años hayan decidido apostar por la exitosa empresa francesa BlaBlaCar. Sin embargo, aunque el uso del vehículo privado esté ya estigmatizado por muchos, la digitalización y la economía colaborativa no resuelven todos los problemas: “El problema es que el espacio público se diseñó para el coche”, lamenta Daniel Guiraud, alcalde de Lilas y vicepresidente de la Metrópolis del Gran París.

¿Puede el coche autónomo y compartido restaurar el equilibrio y garantizar el uso de medios de transporte más equitativos?

Su despliegue en áreas periurbanas podría permitir mejores enlaces entre los barrios periféricos y los centros de las ciudades. Podemos imaginárnoslos estacionados únicamente en los aledaños de las zonas de tráfico más intenso, evitando así sobrecargar el tráfico mientras se despejan las zonas de aparcamiento tradicionales. Para ello, las autoridades y los organismos locales deben tomar la iniciativa, ya que corren el riesgo de perder el control. “La presión ejercida por los operadores privados para asegurar espacios para sus vehículos autónomos y su control sobre la información podría convertir a estas empresas en los nuevos dueños de la movilidad en la ciudad”, advierte Philippe Dewost, director de Léonard, la plataforma de prospectiva e innovación del grupo Vinci.

¿Cuáles son las alternativas?

Otros puntos de vista recomiendan el desarrollo real de un plan de fomento de la bicicleta en París, argumentando que el uso de energías no contaminantes no debe suponer un obstáculo para recordar a la población que la energía menos costosa para la sociedad radica en sus propias piernas. Prueba de ello ha sido la explosión del mercado